Antes de levantar la batuta hubo una explicación pendiente.
Una representante de la Orquesta Sinfónica de Entre Ríos tomó la palabra para referirse a lo ocurrido una semana antes, cuando el concierto previsto en el Centro Cultural Juan L. Ortiz fue suspendido con el público ya en la sala debido a las condiciones de temperatura.
“No nos gustaba mucho que se haya llegado al punto de tener que tomar dicha decisión en el momento”, dijo una integrante de la OSER. Explicó que la medida estuvo fundada en el reglamento de funcionamiento de la Sinfónica, aprobado por la Secretaría de Cultura en 2021, y recordó que anteriormente hubo actuaciones en condiciones no adecuadas que terminaron afectando instrumentos y también la salud de los músicos.
La aclaración apuntó especialmente a una cuestión que había quedado en discusión durante los días posteriores: no se trató, sostuvo, de un problema de comodidad.
“Existe una ventana de temperatura y humedad en la que los instrumentos que están compuestos de madera, metal, corcho, cuero, pueden funcionar correctamente, sin alterar la calidad musical del arte que queremos compartir y sin sufrir daños”, explicó.
Algunos de esos deterioros, agregó, pueden ser irreversibles y las reparaciones suelen tener costos elevados. Buena parte de los instrumentos utilizados por la Sinfónica pertenece a los propios músicos.
También habló de las exigencias físicas de una actuación. A la temperatura ambiente se suma el aumento de la temperatura corporal durante la ejecución y, en los instrumentos de viento, el esfuerzo sostenido que implica soplar durante buena parte del concierto. La representante recordó que en otras oportunidades esas condiciones llegaron a provocar descompensaciones.
“Por todo lo comentado, nos vimos en la necesidad de tomar esa medida”, sostuvo.
El cambio de escenario permitió esta vez realizar el concierto en La Vieja Usina. Y la explicación derivó, inevitablemente, hacia una cuestión de fondo que ya había sido planteada por el director artístico Luis Gorelik: la necesidad de que Paraná disponga de un auditorio apropiado para una orquesta de estas características.
“Creemos que la sociedad entrerriana en su totalidad se vería beneficiada de tener un auditorio adecuado que permita garantizar tanto la calidad de interpretación musical como la salud, comodidad y seguridad de toda persona que asiste”, expresó.
Después llegaron las disculpas al público y una frase que resumió el sentido de aquella intervención: “Creemos que el arte es la comunión que se da entre la orquesta y el público en cada concierto”.
Recién entonces comenzó otra historia. Gonzalo Hidalgo estaba por dirigir por primera vez a la Sinfónica de Entre Ríos. También era su primera visita a Paraná. Y el debut coincidía con una circunstancia poco habitual: conducir el estreno argentino de una obra contemporánea con su autor sentado entre el público.
“Para mí es un placer estar aquí. Es mi primera vez, estoy debutando con esta maravillosa orquesta”, dijo el director venezolano.
Hidalgo quiso detenerse unos minutos en lo que significaba enfrentarse a una partitura nueva. Las orquestas trabajan buena parte del tiempo con un repertorio conocido; estrenar una obra, señaló, plantea otro desafío. Para quienes están sobre el escenario y también para quienes escuchan.
“Todos ustedes hoy van a formar parte de la historia, porque es la primera vez que se va a hacer esta música aquí en Argentina”, anunció.
Después miró hacia la sala y presentó a Elmir Nizamov. El compositor había viajado desde Rusia para escuchar su música en Paraná. Era, además, su primera visita a Sudamérica.
“Buenas tardes, Argentina. Buenas tardes, Paraná”, comenzó Nizamov en español. “Estoy muy feliz de estar aquí”. Trajo saludos desde Tatarstán y desde Kazán, su ciudad, y explicó brevemente el origen de Nardugán. La obra está inspirada en una antigua festividad túrquica relacionada con el solsticio de invierno y con el nacimiento del sol, “la victoria de la luz sobre la oscuridad”.
En esa música aparecen las imágenes de una celebración popular: danzas de personas enmascaradas, rondas, canciones y juegos que, según contó, podían extenderse durante toda la noche.
“Estoy muy feliz de que mi música suene aquí. Primera vez en mi vida”, dijo.
Antes de volver a su asiento agradeció a la Orquesta, a Gorelik y a Hidalgo. “Disfruten esta noche”, cerró.
Y entonces Nardugán dejó de ser solamente una partitura llegada desde Rusia. Por primera vez sonó en Argentina.
El público acompañó el estreno en Argentina de «Nardugán», de Elmir Nizamov. Gentileza: Paula Osti
La segunda parte del programa estuvo dedicada a la Sinfonía N.º 8 de Antonín Dvořák.
Hidalgo volvió a dirigirse al público, pero esta vez evitó una explicación demasiado técnica. Propuso simplemente escuchar. Habló de la relación de Dvořák con su tierra, de la naturaleza, de las melodías populares y de las fiestas que atraviesan la obra. Y relacionó ese sentimiento con algo que él mismo conoce: estar lejos del país de origen. “Uno siempre se acuerda de su país cuando está fuera”, dijo el venezolano.
Del segundo movimiento habló como de un momento más introspectivo; del tercero anticipó el carácter de danza. “Van a querer bailar. Yo voy a bailar un poco”, bromeó. Al cuarto lo definió de manera mucho más sencilla: “Es una fiesta, una fiesta a la vida”.
Antes de comenzar la sinfonía tuvo también palabras para la OSER, con la que había compartido apenas tres días de ensayo. “Ha sido un placer”, dijo, y luego se dirigió al público entrerriano: “Deben estar orgullosos”.
Hidalgo contó que había llegado con expectativas sobre la Orquesta y que el trabajo de esos días las había superado. Destacó la calidad del organismo y la comparó con otras formaciones con las que tuvo oportunidad de trabajar en distintos países.
El halago no pasó inadvertido después de una semana en la que la Sinfónica estuvo en el centro de una discusión que poco tenía que ver con lo que sucede durante un concierto.
Esta vez hubo música y también algo poco frecuente: un director venezolano debutando en Paraná, un compositor llegado desde Kazán escuchando desde la sala y una obra que sonaba por primera vez en el país. La noche terminó con un aplauso prolongado del público en La Vieja Usina.

























